En el cuento titulado “Soy un niño”, su protagonista Neo sufre las
consecuencias de ser distinto por provenir de otra cultura y sólo
su
apelación a su condición universal de niño ayuda a que los adultos
e
iguales de su entorno se den cuenta del absurdo de ese rechazo
y sean
capaces de percatarse de la riqueza que esconde lo diferente.
En el relato “Las saltacombas” dos amigas se ven obligadas a competir
entre ellas influidas por la presión de uno de los padres, pero
su voluntad
de compartir les ayuda a superar esa dificultad y demostrar que
en el
deporte la colaboración debe estar por encima de los resultados.
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En el cuento titulado “Un bicho raro” Guillermo experimenta la
discriminación en función del género y esto le ayuda a recapacitar
sobre
su comportamiento en el pasado y a ser más consciente de lo
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importante que es promocionar
la coeducación
En “Shadowball” un equipo de chavales “diferentes” crean un deporte
alternativo a los deportes más populares donde pueden desarrollar
mejor
sus competencias, demostrando que la práctica deportiva debe dar
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respuesta a todos, integrando
igualmente a las personas con minusvalías.
Con el objetivo de facilitar su comprensión, os proponemos una
serie de
preguntas genéricas que podéis formular a vuestros hijos e hijas
en cada
cuento y que os pueden ayudar a dialogar sobre las valores y a
reflexionar sobre sus contenidos;
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¿Qué
valores aparecen en el cuento? (la integración en el cuento de
“Shadowball”; la coeducación
en “Soy un bicho raro”; la cooperación
en “Las saltacombas”; y
la tolerancia en el cuento “Soy un niño”)
|
¿Qué
consecuencias tienen estos valores en la vida de los personajes
del cuento? (por ejemplo
qué le ocurre a Guillermo al llegar a un país
donde el futbol es sólo
un deporte de chicas en el cuento “Soy un
bicho raro”; o cómo se siente
Julia cuando su padre le presiona para
|
que se presente ella sola al concurso en “Las saltacombas”)
¿Cómo
resuelve el personaje el conflicto que ocurre en el cuento?
(por ejemplo qué hacen Marta
y Julia para poder competir juntas en
el cuento de Las Saltacombas”;
o cómo resuelve Neo la situación
cuando le discriminan en
“Soy un niño”)
|
Estos cuentos han sido escritos por cuentistas de prestigio e ilustrados
por una dibujante especializada en infancia. Esperamos que los
disfrutéis
y que os puedan ayudar a que vuestro hijo o hija tenga una relación
con
la práctica deportiva que sea más tolerante y gratificante.
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Marta y Julia son las saltacombas.
Todos las llaman
así porque van
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siempre saltando a la comba,
sujetando
cada una de un extremo de la cuerda, y así
pasean por el patio, van y vuelven del
colegio, ven la tele y, cuando no hay
una madre para regañarlas,
meriendan sin dejar de saltar,
con la mano que les queda
libre. Pero a punto
estuvieron de dejar de
ser tan amigas.
Un día, volviendo del cole, Marta se paró de golpe y Julia casi se fue de
bruces contra el suelo.
En el cristal de un coche, cogido con el
limpiaparabrisas, había un cartel que decía:
GRAN CAMPEONATO MUNICIPAL DE COMBA
Y luego, con letra más pequeña,
explicaba que podían presentarse
participantes de cualquier edad y que habría dos premios:
a la
originalidad y a la resistencia.
—¿Qué es resistencia, Julia? —preguntó Marta
—¿Qué es municipal? —contestó Julia.
—¿Qué es original? —dijeron a coro.
Y las dos se
echaron a reír. Siguieron saltando hasta la esquina donde se
separaban siempre, se dieron un
beso para despedirse y Julia sacó su cuerda
para ir hasta casa y preguntarle a su padre qué
era eso de resistencia.
—Pues —le dijo él después de leer el papel— es un campeonato en
el que
gana el que más tiempo aguante saltando. ¡Y déjalo ya, que le vas a dar a
la lámpara!
Marta, mientras tanto, había llegado a su casa y le preguntó a su madre
qué era municipal.
—Pues es —dijo ella después de oír las explicaciones de la niña— un
campeonato para todo
el municipio, para toda la ciudad.
La mamá de Marta se puso muy contenta y le prometió
que el día de la
competición le haría unas coletas muy tirantes y le pondría lazos para
que
estuviera más guapa. El papá de Julia le dijo que qué bien, que le
haría un plan de entrenamiento
para que fuera la mejor, la que más
resistiera. Para ganar.
Por la noche, después de cenar, Julia se puso a dar saltos en el salón, para
entrenar, pero subió
la vecina a decir que se le movían las lámparas de su
casa y que así no había quién viese el
concurso de palabras de la tele.
Julia se fue a dormir para levantarse temprano y poder entrenar
antes de
ir al colegio.
Al día siguiente, en el patio, Julia cogió su comba, la puso doble para
que fuera más corta y empezó a dar saltos. Marta se acercó para saltar
con ella pero Julia le
dijo que no, que mejor entrenaban por separado.
—Dice papá que el campeonato hay que ganarlo y que, si entreno más
que tú, quedaré
la primera.
Y Marta arrugó mucho la frente porque no entendía lo que quería decir
su amiga. Julia le repitió las palabras de su padre pero Marta seguía sin
comprender. Como llevaba cada una su comba, las cuerdas se enredaban
al cruzarse y las niñas no podían hablar tranquilas. Al final se separaron y
siguieron dando vueltas por el patio en dirección contraria.
En la hora de comedor, Marta le preguntó a la profesora qué quería decir
originalidad.
—Pues algo es original —le dijo rascándose la cabeza— cuando nadie
más lo hace. Si todos visten de verde y tú te pones una camisa azul,
entonces eres original.
Marta se quedó un ratito pensando y después se fue hasta la mesa donde
comía Julia y le dejó una nota:
“Ya sé qué es original. Ya sé cómo vamos a ganar el campeonato.”
De camino a casa, saltando cada una con su comba y poniendo cuidado
en que no se enredasen las cuerdas, Marta le contó a Julia qué significaba
originalidad y le explicó su plan.
—Nadie, seguro que nadie, sabe saltar en pareja con una cuerda
—¿Y nos dejarán presentarnos juntas? —preguntó Julia.
—Claro. ¡Podemos ir como las de la tele, vestidas iguales!
—Oye —Julia se detuvo en seco—, pero no puede enterarse nadie.
—¿Por qué? ¿Por si nos copian?
—No, Marta. Porque si mi padre se entera se enfadará. Que dice que
tengo que quedar la primera.
Marta dijo que sí con la cabeza y siguió saltando un par de pasos por
delante de ella, para que las cuerdas no se enredasen.
Estuvieron toda la semana haciendo planes a escondidas. Julia
entrenaba durante horas: en la calle, en casa, durante la cena; Marta a
ratitos: mientras merendaba, viendo la tele, en el patio. Y cuando se
juntaban en el cole y nadie las veía, saltaban juntas y decidían qué ropa
se iban a poner, cómo saludarían con la mano libre, de qué color
llevarían los lazos y, sobre todo, cómo lo harían para que el papá de
Marta no pudiera impedirlo.
—¿Y no sería más fácil decirle la verdad? —
dijo Marta una mañana en el recreo.
—Es que está empeñado en que gane el campeonato.
—Pues vaya patata. Si lo ganamos las dos juntas seguro que se pone
contento.
—Si ganamos... —Julia dejó la frase sin terminar.
El resto del recreo, Marta habló del color de los lazos que se pondría y Julia se
quedó callada, pensando en su padre.
Llegó el sábado, el día de campeonato. Julia se levantó temprano para
prepararse, desayunó poquito, que no le cabía nada de tan nerviosa que
estaba, y se vistió como había planeado con Marta. Después, fue al baño y se
hizo dos coletas muy altas, sacó del cajón los lazos que tenía preparados y
sonrió delante del espejo. Cuando llegó al polideportivo, de la mano de su
padre, se cruzó con su amiga, que llevaba dos coletas muy tirantes, la misma
ropa que ella y lazos del mismo color. Se sentaron en las gradas, separadas, a
esperar su turno.
—Ya sabes —le dijo su padre a Julia—. Tienes que aguantar más que
ninguno.
—Sí, papá —contestó Julia sin mirar.
—No levantes la vista de los pies y no dejes que se enrede la cuerda.
—No, papá —Por el rabillo del ojo, Julia miraba a Marta, dos filas
más atrás.
—Y, sobre todo, no te acerques a ningún otro participante porque
seguro que buscan pisar tu cuerda o distraerte para que te equivoques.
—Ay, papá, para.
Los jueces dijeron uno a uno los nombres de todos los participantes y un
montón de niños, siete adultos y hasta tres abuelos saltaron a la pista con sus
combas en la mano.
Julia y Marta se miraron, bajaron las escaleras hasta la pista una delante de
otra y, al llegar, se pusieron juntas, sacaron la comba larga y así, cogiendo una
de cada lado, empezaron a saltar por la pista, poniendo cuidado en no
chocarse con ningún otro participante. Julia no se atrevía a mirar a las gradas
por si su padre estaba enfadado pero saludaba todo el rato con la mano libre.
Marta sí miraba. Y sonreía al pasar por delante de su madre.
Poco a poco se fueron eliminando concursantes hasta que solo
quedaron en la pista un niño muy alto, una mamá muy bajita y ellas
dos. Pero entonces Marta tropezó con la cuerda, se le enredó el pie y se
cayó de bruces contra el suelo, arrastrando a Julia con ella. La mamá
bajita se paró a ayudarlas y todo el público empezó a aplaudir al niño
alto que había quedado saltando solo en la pista.
Desde el suelo, Julia vio a su padre que levantaba los brazos, los dejaba
caer de golpe y gritaba: «¡NO!».
Marta pudo ver a su madre, en pie, que le preguntaba, moviendo mucho
los labios para que la entendiera desde la pista, si estaba bien. Y la niña le
dijo que sí con la cabeza.
Un juez se acercó entonces a las niñas y les pidió que se sentasen, que iba
a empezar la entrega de trofeos. Y allí, en primera fila, con el resto de
participantes, Julia y Marta se sentaron cabizbajas.
—Primer premio a la resistencia —dijo el juez— a Pedro Saltón.
Y todo el público se puso en pie para aplaudir al niño alto,
menos el papá de Julia.
—Primer premio a la originalidad —dijo el juez—
para Julia y Marta Saltacombas.
Y todo el público se puso en pie para aplaudir. Ellas no se lo podían creer,
daban saltos y se abrazaban todo el rato. Como solo tenían preparado
premio para un participante, Julia se quedó el diploma y Marta la
medalla. Al volver hacia su sitio, Julia vio a su padre, rojo de vergüenza,
que sonreía y decía que sí con la cabeza. Después el juez dijo:
—Y premio especial del jurado al compañerismo y el espíritu deportivo
para Laura Combera.
Si la pequeña aldea de Blancolimón se comparara con un albaricoque,
el pueblo grande de Manzanazul sería una sandía.
Todos los deportes divertidos se practicaban en Manzanazul: saltos de
trampolín y waterpolo en su enorme piscina cubierta; fútbol en el
campo gigantesco de hierba, cars en una pista de pruebas con semáforos,
jockey, tirolina pirenaica…
Blancolimón solo contaba con una canasta torcida y una portería sin
larguero en el patio de una casa encalada. Los 5 niños de esa aldea
formaban un equipo sin suplentes llamado “Los pistachos”: Manu,
Nacho, Julieta, Violeta y Ocho Ojos.
¿Cómo podían competir con los chicos de Manzanazul teniendo ese
campo de entrenamiento patatero? Los Pistachos eran famosos en la
región por no haber ganado un solo partido en ninguno de los deportes.
Pero se tomaban con buen humor las derrotas: 12-0 en fútbol contra
los “Nueces negras”, 63-3 en baloncesto contra los “Cacahuetes”,
últimos en relevos de natación a dos minutos de los penúltimos. El
truco estaba en mirar a Ocho Ojos: se reía, ponía cara como de mandril,
como de gato bizco, como de no sé qué, y aparecían las ganas de seguir
jugando alegremente.
Las cosas se pusieron feas cuando el alcalde de Manzanazul anunció en
un bando: “Este año cada equipo escogerá tres competiciones.
Manu tuvo que llamar a los suyos para cambiar de estrategia. Se
reunieron dispuestos a reírse como siempre. Pero el capitán estaba serio:
—Propongo que participemos en fútbol, natación y lanzamiento de
jabalina. Es lo que mejor se nos da.
—Genial, no sé lo que es la jabalina, pero me atrae —dijo Julieta.
—He diseñado un plan—intervino de nuevo Manu—. Tú, Nacho, ya
no serás defensa en la silla de ruedas, sino portero. De rodillas pararás
muchos balones con tus larguísimos brazos. Y Ocho Ojos, que corra por
la banda y que se ponga una o dos gafas encima de las otras para no
lanzar el balón a mil kilómetros del área. Sugiero que Violeta aprenda a
nadar sin manguitos, ya tiene doce años. Y tú, Julieta eres buenísima en
todos los deportes, pero pareces más vaga que tu tío Luis el charlatán:
busca un palo largo parecido a una jabalina y entrena.
—¿Y si fichamos a un crack? —preguntó Violeta.
—Imposible, en Blancolimón no podemos pagarnos ni las bocinas
de las bicis.
Once jornadas después los pistachos habían logrado un pobre empate a
dos en un partido de fútbol contra un equipo de acatarrados.
—Alcalde, ¿eso vale? ¿Nos libramos de la expulsión?
—Ni hablar, se siente. Vuestro equipo es un desastre —respondió cruel
el alcalde tocándose el botón de su redonda panza—. Solo queda una
jornada, lo veo muy chungo.
Manu perdió la alegría y el sentido del humor. Comenzó a regañar a sus
jugadores con rabia y malos modos. Prohibió a Ocho Ojos sus muecas de
mandril y el equipo se vino abajo.
—Yo me borro. Esto ya no es nada divertido. Nos estresas —explicó
Nacho.
—¿Cómo que os estreso? —preguntó Manu—. ¿Qué significa esa palabra?
—No lo sé, pero es como yo me siento—dijo el chico de la silla de ruedas.
—Nosotros también tenemos estrés y nos marchamos—reconocieron a
la vez Julieta, Violeta y Ocho Ojos.
Los cuatro pistachos volvieron a su patio de Blancolimón. Mataban el
tiempo lanzando la pelota al triste y torcido tablero de baloncesto. Así
pasaban las horas, en silencio, buscando un remedio. De pronto, una
noche, cuando se encendió la luz de la farola, Nacho se dijo:
—¿Y si pruebo a colar la sombra y no el balón? Quizás
consiga más canastas.
Ocho Ojos, con sus gafas nocturnas, Julieta y Violeta probaron de
inmediato el nuevo deporte. Cuatro o cinco ensayos, y la canasta con
joroba se tragaba la sombra de la pelota como si fuera una redonda
croqueta de jamón. Llamaron a Manu y le contaron su plan secreto para
participar en la fiesta del garbanzo. El líder de los Pistachos lo
aceptó al instante.
Solo quedaba un obstáculo: vencer el último partido de fútbol contra los
Panchitos para que el alcalde les dejara ir a la fiesta. Menos mal: Carolina,
la capitana del rival, convenció a sus compañeros para dejarse ganar
porque estaba enamoradísima de Manu.
Con gesto socarrón el alcalde dijo:
—¿A quién retáis vosotros, pistachitos? Me temo que la lluvia
de almortas
va a ser tan grande que os convertiréis en la carne del cocido, ja, ja, ja.
Muy serio,
Manu arrebató el micrófono al alcalde y exclamó:
—Retamos a los Cacahuetes.
El griterío no se
hizo esperar. La multitud no podía creer lo que oía.
—Pero sí ellos son los mejores. Os ganaron 20 a uno en waterpolo. Y
casi se os ahoga vuestra
porter...
Nacho interrumpió al alcalde:
—¡Apaguen las luces! Dejen un solo foco sobre esa canasta.
El partido
será a shadowball.
Explicaron el extraño deporte y los Cacahuetes aceptaron la propuesta.
Ocho Ojos inició los lanzamientos: 7 canastas de 10 tiros; Violeta acertó
otras 7 sombras de balón. Fernando, el Cacahuetero grandullón
solo.
pudo meter 5 y su hermano Cristino, 3. Llegó el turno de Manu que se
puso nervioso y acertó un
pobre tiro. La cacahuetera Josefina aprovechó
el bajón de los Pistachos y adelantó a su equipo con
9 perfectas sombras
dentro del aro.
¡Qué emocionante! Los garbanzos se derretían en las manos
sudadas de
los espectadores. Resultado parcial: Cacahuetes, 16; Pistachos: 15.
—Vamos, Julieta,
has ensayado muchas noches, no seas perezosa como
tu tío—exigió Manu—. Es tu turno.
No estuvo nada mal: Julieta encestó 7. Pero como Gaby introdujo
nueve para el equipo contrario
y Blanca Luz, otros 6, si en la última
intervención Nacho no encestaba 10, los pistachos no
ganarían.
—Multipliquen la luz del foco—pidió Nacho con la voz temblona—.
Voy a demostrar
que el pez gordo no siempre se zampa al chico.
Al muchacho le sudaban las manos. Acertó los
tres primeros tiros. En el
cuarto la sombra dio en el aro y casi no entra, uf, qué nervios; quinto,
sexto y séptimo sin problema: 7 de 7.
—¡Pistachos, Pistachos!—retumbaba el pabellón.
Nacho respiró hondo, cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió,
lanzó dos veces la pelota casi sin mirar: sus sombras se colaron como una
estrella fugaz en la noche. Solo quedaba un tiro. El público apartó los
garbanzos y buscó lentejas. Pero un movimiento inesperado de una de
las ruedas de su silla le hizo perder su posición y el balón de Nacho
proyectó la sombra sobre la cabeza del alcalde y no dentro de la canasta:
31 iguales, empate final. Unos segundos de silencio y el pueblo inundó el
pabellón de aplausos. Pistachos y Cacahuetes se abrazaron felices y las
legumbres se guardaron para un guiso gigante que diera de comer a
todos los niños y padres de Manzanazul y Blancolimón.
Guillermo (Willy para los amigos) era un niño de nueve años que un
buen día tuvo que irse a vivir a
un país muy muy lejano. Tanto, que
sus padres y él perdieron la cuenta de los kilómetros que tuvieron
que
hacer en avión para llegar hasta allí. Cuando Willy pisó el aeropuerto de
Esrilandia
(así se llamaba este país tan lejano), tuvo el presentimiento de
que algo grande le iba a pasar allí.
Y cuando se tiene un presentimiento,
lo mejor es cerrar los ojos y dejarse llevar por él.
Willy era un niño afortunado. Tenía unos padres que le querían mucho
(esto suele ocurrir), comida
suficiente todos los días y… por si fuera
poco, era bueno jugando al fútbol. Hábil con el balón,
rápido como una
culebrilla y donde ponía el ojo, ponía el balón. Esto quiere decir, en el
idioma del
fútbol, que metía muchos goles.
Cuando se instalaron en la casa nueva, lo primero que hizo Willy
fue
sacar sus cuatro pares de zapatillas de deporte, abrir el armario y
colocarlas por colores en una
fila. El fútbol era para él lo más
importante. En su colegio disfrutaba jugando con sus amigos y de
mayor quería ser futbolista.
Sus padres le contaron que Esrilandia era un país muy diferente al suyo.
Idioma y comida diferente… Y le dijeron
también que tendría nuevos
amigos. Al llegar al colegio, descubrió que las clases se impartían en
salitas abiertas
donde corría el aire; y es que siempre hacía buen tiempo y
no necesitaban puertas que protegieran del frío. Eso le
encantó. Y
también le gustó ver un campo de fútbol de hierba ahí al ladito de la
clase; una hierba verde que daban
ganas de salir corriendo con el balón
entre los pies y jugar cuatro partidos seguidos.
El idioma esrilandés era un
problema, sí, pero sus padres le habían dicho
que al principio tendría que comunicarse por señas y usar el poquito.
inglés que había aprendido. Así que, cuando ya llevaba allí una semana,
se presentó delante de su profesora de gimnasia.
Fue fácil decirle por
señas que quería apuntarse a fútbol; solo tuvo que señalarse el pie y dar
una patada a un balón
imaginario. La profesora se sorprendió, pero con
el gesto del dedo pulgar hacia arriba, le dijo en inglés (menos mal que
Willy se sabía las horas y los días de la semana) que esa misma tarde
había entrenamiento a las cinco en el campo de fútbol.
Allí todos los niños se iban a comer a sus casas a las dos de la tarde y ya
no volvían a clase hasta el día siguiente. Todos
menos los que
entrenaban al fútbol, claro. Willy salió entusiasmado del colegio, pegando botes y contando a sus padres la
nueva noticia.
Al llegar a casa,
lo primero que hizo fue abrir el armario y escoger las zapatillas rojas: las
de la buena suerte.
Durante la
comida, sus padres tenían la costumbre de ver la tele, así que
la encendieron por primera vez desde que llegaron allí. Aunque
no
entendía nada de lo que decían, a Willy le gustaba escuchar a personas
chapurrear en un idioma en el que se pronunciaban
un montón de enes.
Cuando llegó la sección de deportes, Willy se quedó muy atento
mirando, pero allí no apareció ningún
futbolista famoso. Las famosas
parecían ser las futbolistas mujeres, a las que los niños pedían autógrafos
a la salida del entrenamiento. Sobre todo a una (Nintia o Clintia o algo
así se llamaba), a la que le habían dado un premio
deportivo muy
importante, y a quien los periodistas perseguían para hacerle fotos con su
trofeo en la mano. «Qué raro es este país»,
se dijo, pero no le dio más
vueltas al asunto. Tenía otro más importante en qué pensar: su primer
entrenamiento.
Cuando llegó con
su padre al campo de fútbol, creyó que se había
confundido de hora. Allí solo había niñas. Ningún niño. ¿No se habría
enterado bien
de la hora? Pensó que esas chicas estarían preparándose
para hacer gimnasia o atletismo o baile. Pero… ¿en el campo de hierba?
Era todo muy raro. Entonces, las chicas empezaron a dar toques al
balón, y Willy se quedó embobado mirándolas, escondido detrás
de su
padre. Era increíble cómo manejaban el balón: se habían puesto en la
portería, y no paraban de hacer un montón de toques seguidos
sin que
el balón cayera al suelo. Se fijó en una de ellas: ocho toques con la
cabeza, ocho con el pie, ocho con la cabeza, ocho con el pie.
Y cuando la
soltó al aire… bum, una chilena que entró por la escuadra sin rechistar.
No podía creer lo que estaba viendo: chicas jugando fenomenal al
fútbol. En su país, las chicas no jugaban al fútbol, solo los chicos… O eso
era lo que él creía. A empujoncitos, su padre le
acercó al campo, y él se
dejaba empujar como si fuera una marioneta, una marioneta con
grupo. Esas chicas eran muy pero que muy buenas, y hacían regates que
él ni de lejos era capaz de hacer. Además, como se conocían entre ellas,
se pasaban el balón con mucha habilidad y se hacían bromas las unas a las
otras. Cada vez que Willy tocaba el balón (por casualidad), siempre venía
alguna chica y se lo quitaba de los pies. Le parecía que ellas se reían de él.
Su padre desde fuera del campo le hacía un montón de señas para que se
pusiera a jugar, señales de ánimo que a Willy se le escurrían por los
bolsillos del pantalón. ¿Pero es que no se daban cuenta de que él existía?
Cuando llegó a casa, se metió directamente en su habitación y se tumbó
en la cama, mirando sin mirar el techo. No entendía por qué le estaba.
pasando eso a él, que era uno de los mejores jugadores de su antiguo
colegio. Esrilandia se había vuelto loca y a él le daba tanta rabia todo eso,
que decidió dejar el equipo. Se acordó entonces de sus amigos y de la
foto que le dieron el último día de colegio: una foto grande con todos
los de su clase y con sus firmas por detrás. Se levantó a cogerla, se volvió
a tumbar y empezó a pasar el dedo por cada uno. Adrián, el que hace
pelotillas de moco y las usa de proyectil. Pablo, el que se lo sabe todo
sobre minerales. Juan, su mejor amigo. Paula, la que toca el violonchelo.
Y así hasta que llegó a Marina. Allí se quedó parado.
En ese momento, entró su padre en la habitación.
—Qué pasa, Willy —le preguntó, y se sentó al borde de la cama.
—Nada. Estoy mirando esta foto.
—¿Echas de menos a tus amigos?
—Sí, claro, pero es que… me acabo de acordar de Marina —dijo Willy
metido en sus pensamientos y sin mucha gana de darle conversación a su
padre.
—¿Marina? ¿No es la chica de tu clase que el año pasado
se apuntó a fútbol?
—Bien, bien, pero estoy en el salón por si quieres algo, ¿vale?
Quería estar solo. Acordarse de Marina hizo que todas las piezas del
puzzle empezaran a encajar. Nunca se había vuelto a acordar de cuando
ella se metió en el equipo de fútbol del colegio. Duró poco, o él casi no
se dio cuenta, porque nadie le hizo mucho caso en los seis o siete
entrenamientos que aguantó apuntada al equipo. También ellos la
miraron sorprendidos y se hicieron unas risitas cuando la vieron llegar al
campo. Se decían cosas al oído y se reían cada vez que Marina perdía un
balón. Lo mismo que le había pasado a él hoy. En su país, pocas chicas
jugaban al fútbol y aquí era lo contrario. Menudo lío. Volvió a acordarse
de aquellos entrenamientos y de cómo un buen día Marina desapareció.
Nadie preguntó por ella ni la echaron de menos.
Willy se revolvió en la cama, inquieto y enfadado con él mismo porque
ya no podía hacer nada.
Cuando se sentaron a cenar, les dijo a sus padres que no iba a volver a
jugar al fútbol. Menos mal que su padre le quitó la idea de la cabeza:
—No puedes tirar la toalla tan pronto, Willy. No se trata de ser el
mejor, se trata de pasártelo bien. ¿No te parece? Les tienes que dar una
oportunidad a las chicas para que te conozcan y ya verás como todo sale
bien. Hace un rato te acordabas de Marina. No puedes dejar que te pase
como a ella, que se quedó con las ganas de jugar.
El recuerdo de Marina (y lo pesadito que se puso su padre) hizo que
Willy siguiera yendo a los entrenamientos. Y pasó lo que suele ocurrir
cuando te pones a entrenar: pues que cada vez lo haces mejor. Lin —la
chica de los ocho toques sin parar— y él se cayeron bien desde el primer
momento, así que todo le resultó mucho más fácil de lo que se había
imaginado. Tener una amiga en el equipo fue un buen comienzo. Estaba
rodeado de chicas, sí, pero a los dos o tres meses ya nadie se extrañaba de
ver al “chico” jugar como una más. Incluso en el segundo partido que
jugaron, Willy metió un gol de esos que no se olvidan: el gol de la
victoria en el último momento.
Un día, después de llegar a casa, quitarse las zapatillas y tumbarse en la
cama a descansar, se volvió a acordar de Marina. En realidad, no se había
olvidado de ella desde el día que estuvo mirando la foto. De repente,
sintió que tenía algo que hacer. Se levantó rápido, cogió lápiz y papel y,
sentado de nuevo en la cama, se puso a escribir:

Solo las chicas. No sé por qué, todavía no lo he averiguado. Pero soy el
único chico que quiere jugar y por eso parecía un bicho raro.
Pero ya no lo soy.
Pues eso, que si me perdonas. ¿Por qué no te apuntas este año a jugar al
fútbol? Yo voy a seguir. Me ayuda Lin, una chica que... si la vieras cómo
da un montón de toques seguidos al balón. Es buenísima. Yo el otro día
metí un gol y ganamos. Fue increíble. Y tú tienes que hacer lo mismo,
apuntarte al equipo. Ojalá te sirva mi carta. Si quieres me contestas.
Espero que no estés enfadada conmigo ya.
Willy
Y así fue como se cumplió el presentimiento que Willy había tenido en
el aeropuerto: algo grande le había pasado en Esrilandia.
Los ciudadanos de Ciudad Elástica eran los más flexibles del mundo.
Había hombres-tendedero que vivían de secar las coladas en sus
larguísimos brazos; mujeres-faro, que con su cuello extraordinario
guiaban desde el balcón a los niños hasta que llegaban al colegio;
camareros que atendían cinco mesas sin salir de la barra y ladrones que
aprovechaban cualquier descuido para colarse por debajo de las puertas
de los bancos.
Neo vivía en el último piso de un edificio desde donde podía contemplar
a los funámbulos del barrio, que solían entrenarse saltando de tejado a
balcón y de balcón a tejado.

Su padre era uno de los mejores tendederos de la ciudad: en vez de
esperar a que la ropa se secase, daba vueltas como una peonza para
ayudar al sol en su tarea.
La madre de Neo era profesora de saltimbanquis. De Ciudad Elástica
habían salido los mejores funámbulos del Gran Circo Mundial y también
los mejores magos.
Pero lo que le gustaba a Neo era jugar al baloncesto. Tanto le gustaba
que dormía dentro de una canasta colgada sobre su cama. Cada noche se
agarraba al aro, metía el culo en la red y dormía hecho un ovillo, con un
suave ronquidito. Cualquiera lo hubiese confundido con un gato.

Y de dormir toda la noche hecho un ovillo, amanecía convertido en un
niño-bola. Entonces apretaba un poco más las piernas contra el pecho,
se deslizaba a través de la red y rodaba de la cama al baño, donde se
estiraba para hacer pis. Luego desayunaba y después, en cuanto ponía un
pie en la acera, se encogía hasta agarrarse los tobillos con las manos y
echaba a rodar camino del colegio. Por suerte, en Ciudad Elástica había
carriles-bola, para los niños que no querían esperar a que llegase la
colebici (en Ciudad Elástica no había coches ni autobuses, sino bicicletas
largas como limusinas).
Un día, sus padres hicieron las maletas: tenían que marcharse a vivir a
otro sitio.
—Ya no hay trabajo para mí —dijo el padre—. La gente prefiere secar la
ropa en esos tendederos plegables tan bonitos.
—Y yo me he quedado sin alumnos —añadió su madre—. En el Gran
Circo Mundial ya no quieren funámbulos. Los han sustituido por
charlatanes que cuentan chistes y rifan mantas eléctricas y
globos de colores.
Cuando llegaron a la nueva ciudad ya era noche cerrada y Neo, acurrucado
en su canasta, soñó con una cancha donde jugadores y funámbulos se
pasaban la pelota unos a otros.
Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue asomarse a la ventana.
Descubrió entonces que en los tejados de Ciudad Azul no había
funámbulos, sino chimeneas soltando humo. Y al mirar hacia abajo no vio
más que coches y niños forrados hasta la nariz con gorros y bufandas.
—Quiero que vayas andando al colegio, Neo —le dijo su madre—. Aquí
no hay carril-bola, rodar puede ser peligroso.
—¡Pero tardaré un siglo en llegar! —protestó el niño.
—Ya me has oído: nada de rodar.
Neo asintió en silencio.
—Este es Neo —le presentó la profesora de Segundo A cuando entró en
la clase—. Espero que le ayudéis en lo que necesite... ah, se me olvidaba
—añadió sonriendo— : Neo es un gran jugador de baloncesto.
Esa misma tarde había entrenamiento.
—El equipo te está esperando —le dijo la profesora.
Neo se tuvo que aguantar las ganas de hacerse un ovillo y rodar hasta la
cancha. ¡Menudo rollo era ese de ir caminando a todos los sitios!
Cuando llegó, los niños ya estaban jugando. Neo los observó un
momento: estaba claro que nadie en aquella ciudad rodaba para ir de un
lado a otro. Entonces recordó las palabras de su madre:
—Nada de rodar.
Y corrió tras la pelota como todos.
Así pasó la semana hasta el sábado: día de partido. Algunos jugadores de
su equipo acababan de tener la gripe y encima los contrarios eran un
poco mejores. Cuando empezó el último tiempo, los de Neo iban
perdiendo por 15 puntos.
Al niño le había tocado defender a un jugador rápido como una ardilla y
no conseguía hacerse con la pelota... hasta que Alfonso (su nuevo mejor
amigo) le pasó un balón. Neo echó a correr, con un contrario pisándole
Sin embargo, enseguida se escucharon murmullos en las gradas:
—¿De dónde ha salido ese niño tan raro?
—¿No deberíamos descalificarlo? Por lo visto es extranjero…
—Y eso de hacerse un ovillo, ¿no será contagioso?
En fin, que algunos padres estaban desconcertados. No sabían si Neo
debía seguir en el equipo, si les gustaba o si no, así que se reunieron
todos: madres, padres, niños, profesores y el propio Neo y su familia.
—¡Silencio, por favor! —pidió la directora, que se había sentado en la
mesa presidencial junto a los elásticos—. Estos señores y su hijo han sido
tan amables de prestarse a contestar a cualquier pregunta que queramos
hacerles.
Neo estaba tan nervioso que apenas se le veía.
—Neo, por favor, estírate un poco —le pedía su madre.
Pero al ratito de haberse estirado, el niño se volvía a arrugar como un
caracol a punto de desaparecer dentro de su concha.
—Perdonen —preguntó un padre—, ¿de dónde vienen ustedes?
La madre de Neo tomó la palabra y les habló de su ciudad, donde había
bicicletas como limusinas, hombres-tendedero y mujeres-faro. También
les describió su escuela de funámbulos e incluso les hizo una voltereta
lateral que provocó un ¡ohhh! general de asombro.
—¡Es una mujer extraordinaria! —se oyó exclamar a una madre.
A continuación, el padre de Neo habló de su profesión y les mostró
hasta dónde era capaz de extender los brazos.
—¡Qué hombre tan interesante! —se admiró un padre.
Entonces llegó el turno de Neo, que se encogió tanto como pudo. Y
pudo hasta alcanzar el tamaño de una pipa de girasol.
—Venga, Neo —le animaron sus padres.
Los niños se pusieron de puntillas para ver a Neo.
—¿Eres contagioso? —preguntó uno.
¿Tus amigos de antes eran como tú?
—¿Qué comes?
—¿Es verdad que eres primo de un bicho bola?
En silencio, Neo se fue estirando hasta recuperar su estatura normal.
Entonces miró a la gente y contestó a todas las preguntas
con una sola respuesta:
—Soy un niño.
Ganar o perder
Cuento
Pepito odiaba perder a lo que fuera. Sus papás, maestros y muchos otros decían que no sabía perder, pero lo que pasaba de verdad es que no podía soportar perder a nada, ni a las canicas. Era tan estupendo, y se sentía uno tan bien cuando ganaba, que no quería renunciar a aquella sensación por nada del mundo; además, cuando perdía, era justo todo lo contrario, le parecía lo peor que a uno le puede ocurrir. Por eso no jugaba a nada que no se le diera muy bien y en lo que no fuera un fenómeno, y no le importaba que un juego durase sólo un minuto si al terminar iba ganando. Y en lo que era bueno, como el futbolín, no paraba de jugar.
Cuando llegó al colegio Alberto, un chico nuevo experto en ese mismo juego, no tardaron en enfrentarse. Pepito se preparó concentrado y serio, dispuesto a ganar,pero Alberto no parecía tomárselo en serio, andaba todo el rato sonriente y hacía chistes sobre todo. Pero era realmente un fenómeno, marcaba goles una y otra vez, y no paraba de reir. Estaba tan poco atento, que Pepito pudo hacerle trampas con el marcador, y llegó a ganar el partido. Pepito se mostró triunfante, pero a Alberto no pareció importarle: "ha sido muy divertido, tenemos que volver a jugar otro día".
Aquel día no se habló de otra cosa en el colegio que no fuera la gran victoria de Pepito. Pero por la noche, Pepito no se sentía feliz. Había ganado, y aún así no había ni rastro de la sensación de alegría que tanto le gustaba. Además, Alberto no se sentía nada mal por haber perdido, y pareció disfrutar perdiendo. Y para colmo al día sigiente pudo ver a Alberto jugando al baloncesto; era realmente malísimo, perdía una y otra vez, pero no abandonaba su sonrisa ni su alegría.
Durante varios días observó a aquel niño alegre, buenísimo en algunas cosas, malísimo hasta el ridículo en otras, que disfrutaba con todas ellas por igual. Y entonces empezó a comprender que para disfrutar de los juegos no era necesario un marcador, ni tener que ganar o perder, sino vivirlos con ganas, intendo hacerlo bien y disfrutando de aquellos momentos de juego.
Y se atrevió por fin a jugar al escondite, a hacer un chiste durante un partido al futbolín, y a sentir pena porque acabara un juego divertido, sin preocuparse por el resultado. Y sin saber muy bien por qué, los mayores empezaron a comentar a escondidas, "da gusto con Pepito, él sí que sabe perder "
El niño súper campeón
Cuento
Había una vez un niño al que lo que más le gustaba en el mundo era ganar. Le gustaba ganar a lo que fuera: al fútbol, a los cromos, a la consola... a todo. Y como no soportaba perder, se había convertido en un experto con todo tipo de trampas. Así, era capaz de hacer trampas prácticamente en cualquier cosa que jugase sin que se notara, e incluso en los juegos de la consola y jugando solo, se sabía todo tipo de trucos para ganar con total seguridad.
Así que ganaba a tantas cosas que todos le consideraban un campeón. Eso sí, casi nadie quería jugar con él por la gran diferencia que les sacaba, excepto un pobre niño un poco más pequeño que él, con el que disfrutaba a lo grande dejándole siempre en ridículo.
Pero llegó un momento en que el niño se aburría, y necesitaba más, así que decidió apuntarse al campeonato nacional de juegos de consola, donde encontraría rivales de su talla. Y allí fue dispuesto a demostrar a todos sus habilidades, pero cuando quiso empezar a utilizar todos esos trucos que sabía de mil juegos, resultó que ninguno de ellos funcionaba. ¡Los jueces habían impedido cualquier tipo de trampa!
Entonces sintió una vergüenza enorme: él era bueno jugando, pero sin sus trucos, fue incapaz de ganar a ninguno de los concursantes. Allí se quedó una vez eliminado, triste y pensativo, hasta que todo terminó y oyó el nombre del campeón: ¡era el niño pequeño a quien siempre ganaba!
Entonces se dio cuenta de que aquel niño había sido mucho más listo: nunca le había importado perder y que le diera grandes palizas, porque lo que realmente hacía era aprender de cada una de aquellas derrotas, y a base de tanto aprender, se había convertido en un verdadero maestro.
Y a partir de entonces, aquel niño dejó de querer ganar siempre, y pensó que ya no le importaría perder algunas veces para poder aprender, y así ganar sólo en los momentos verdaderamente importantes.
Doctora Dibujos
Cuento
Tita cobró vida a medianoche, igual que todos los demás dibujos de aquel día de colegio.
- Por favor, formen una fila ordenada - decían unos amables policías- el Doctor Dibujos revisará a todo el mundo.
Mientras esperaba, Tita se enteró de que el Doctor Dibujos era el mejor cirujano del mundo, capaz de arreglar cualquier dibujo, aunque estuviera hecho por niños muy pequeños. Cada noche revisaba los nuevos dibujos y luego operaba a cuantos podía.Pero eran tantos que muchos tenían que seguir viviendo con sus fallos en la zona de los imperfectos, un lugar tremendamente triste.
- ¡Mirad! - gritó alguien - ¡Una Doctora Dibujos!
En un instante se montó un gran revuelo en torno a Tita. Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba en la consulta del Doctor Dibujos.
- Eres una doctora un poco rara. Tienes la bata y la cruz, de eso no hay duda. Pero no llevas herramientas y te falta una mano. Además, tienes la cabeza muy grande y una boca enorme. Me costará mucho operarte, pero te dejaré tan bien que podrás operar conmigo. Necesitamos todos los médicos posibles.
- ¿Es obligatorio que me opere, doctor? Me gusta como soy.
- ¿Queeeé?
El doctor se enfadó muchísimo. Nunca nadie había rechazado una de sus magníficas operaciones, y envió a Tita a la zona de los imperfectos.
- ¡Intenta arreglar a todos esos sin operarlos! - gritó furioso con tono de burla.
Tita no se enfadó. Es más, le pareció una gran idea. No tenía herramientas, pero seguía teniendo su bata de médico y su gran sonrisa. Se acercó a un triste jardinero sin nariz y le preguntó dulcemente.
- ¿Cuál es tu enfermedad, qué te hace estar tan triste?
- Nunca podré oler las flores, es lo peor que le podría pasar a un jardinero…
- Pues sí es un problema, pero no creo que sea tan grave ¿Sabías que hay flores preciosas que huelen mal, y por eso nadie las planta? La flor más grande del mundo es una de ellas… Tú podrías tener un jardín único.
Siguieron hablando un ratito. Poco después, sin que hicieran falta operaciones, el jardinero marchó contentísimo a plantar su nuevo jardín. Algo parecido ocurrió con Todopiés, el tristemente conocido niño sin manos, cuando descubrió que sus cuatro pies le convertirían en un futbolista irrepetible. O con la chica de los 20 dedos, que llegó a ser tan buena tocando el piano como haciendo cosquillas.
Los tratamientos de Tita, basados en dejar atrás las quejas y la tristeza y tratar de sacar lo mejor de cada uno, cambiaron para siempre la zona de los imperfectos, convirtiéndola en un lugar alegre y original. Muchos perfectos se fueron a vivir allí. Al final, incluso el Doctor Dibujos visitó a Tita para que le enseñara a practicar su maravillosa medicina, y juntos formaron un magnífico equipo médico.
La poción de la mala vida.
Cuento
Hace muchos, muchos años, todas las personas estaban fuertes y sanas. Hacían comidas muy variadas, y les encantaban la fruta, las verduras y el pescado; diariamente hacian ejercicio y disfrutaban de lo lindo saltando y jugando. La tierra era el lugar más sano que se podía imaginar, y se notaba en la vida de la gente y de los niños, que estaban llenas de alegría y buen humor. Todo aquello enfadaba terriblemente a las brujas negras, quienes sólo pensaban en hacer el mal y fastidiar a todo el mundo. La peor de todas las brujas, la malvada Caramala, tuvo las más terrible de las ideas: entre todas unirían sus poderes para inventar una poción que quitase las ganas de vivir tan alegremente. Todas las brujas se juntaron en el bosque de los pantanos y colaboraron para hacer aquel maligno hechizo. Y era tan poderoso y necesitaban tanta energía para hacerlo, que cuando una de las brujas se equivocó en una sola palabra, hubo una explosión tan grande que hizo desaparecer el bosque entero.
La explosión convirtió a todas aquellas malignas brujas en seres tan pequeñitos y minúsculos como un microbio, dejándolas atrapadas en el líquido verde de un pequeño frasco de cristal que quedó perdido entre los pantanos. Allí estuvieron encerradas durante cientos de años, hasta que un niño encontró el frasco con la poción, y creyendo que se trataba de un refresco, se la bebió entera. Las microscópicas y malvadas brujas aprovecharon la ocasión y aunque eran tan pequeñas que no podían hacer ningún daño, pronto aprendieron a cambiar los gustos del niño para perjudicarle. En pocos días, sus pellizquitos en la lengua y la boca consiguieron que el niño ya no quisiera comer las ricas verduras, la fruta o el pescado; y que sólo sintiera ganas de comer helados, pizzas, hamburguesas y golosinas. Y los mordisquitos en todo el cuerpo consiguieron que dejara de parecerle divertidísimo correr y jugar con los amigos por el campo y sólo sientiera que todas aquellas cosas le cansaban, así que prefería quedarse en casa sentado o tumbado.
Así su vida se fue haciendo más aburrida, comenzó a sentirse enfermo, y poco después ya no tenía ilusión por nada; ¡la maligna poción había funcionado!. Y lo pero de todo,las brujas aprendieron a saltar de una persona a otra, como los virus, y consiguieron que el malvado efecto de la poción se convirtiera en la más contagiosa de las enfermedades, la de la mala vida.
Tuvo que pasar algún tiempo para que el doctor Sanis Saludakis, ayudado de su microscopio, descubriera las brujitas que causaban la enfermedad. No hubo vacuna ni jarabe que pudiera acabar con ellas, pero el buen doctor descubrió que las brujitas no soportaban la alegría y el buen humor, y que precisamente la mejor cura era esforzarse en tener una vida muy sana, alegre y feliz. En una persona sana, las brujas aprovechaban cualquier estornudo para huir a toda velocidad.
Desde entonces, sus mejores recetas no eran pastillas ni inyecciones, sino un poquitín de esfuerzo para comer verduras, frutas y pescados, y para hacer un poco de ejercicio. Y cuantos pasaban por su consulta y le hacían caso, terminaban curándose totalmente de la enfermedad de la mala vida.
El gran partido
Cuento
Había una vez un grupo de niños que habían quedado para jugar un partido de fútbol por todo lo alto. Habían dedicido que cada uno llevaría un elemento importante que hubiera en todos los partidos oficiales, y así, uno trajo el balón, otro el silbato, otro una portería, otro los guantes del portero, las banderillas del córner, etc... Pero antes de comenzar el partido, a la hora de elegir los equipos hubo una pequeña discusión, y decidieron que podría elegir aquel que hubiera llevado el elemento más importante.
Como tampoco se ponían de acuerdo en eso, pensaron que lo mejor sería empezar a jugar al completo, con todos los elementos, e ir eliminando lo que cada uno había traido para ver si se podía seguir jugando y descubrían qué era verdaderamente imprescindible. Así que comenzaron a jugar, y primero eliminaron el silbato, pero quien hacía de árbitro pudo seguir arbitrando a gritos. Luego dejaron a los porteros sin guantes, pero paraban igual de bien sin ellos; y tampoco se notó apenas cuando quitaron los banderines que definían los límites del campo, ni cuando cambiaron las porterías por dos papeleras...; y así siquieron, hasta que finalmente cambiaron también el balón por una lata, y pudieron seguir jugando...
Mientras jugaban, pasó por allí un señor con su hijo, y viéndoles jugar de aquella forma, le dijo al niño:
-"Fíjate, hijo: aprende de ellos, sin tener nada son capaces de seguir jugando al fútbol, aunque nunca vayan a poder aprender ni mejorar nada jugando así"
Y los chicos, que lo oyeron, se dieron cuenta de que por su exceso de orgullo y egoísmo, lo que se presentaba como un partido increíble, había acabado siendo un partido penoso, con el que apenas se estaban divirtiendo. Así que en ese momento, decidieron dejar de un lado sus opiniones egoístas, y enseguida se pusieron de acuerdo para volver a empezar el partido desde el principio, esta vez con todos sus elementos. Y verdaderamente, fue un partido alucinante, porque ninguno midió quién jugaba mejor o peor, sino que entre todos sólo pensaron en divertirse y ayudarse.

Abuelos contra marcianos
Cuento
La humanidad se jugaba su futuro en un gran partido de fútbol. Era la última oportunidad que nos habían dado los marcianos antes de exterminarnos. Solo unos pocos equipos formados por los mejores jugadores de los mejores clubs del mundo se ofrecieron a salvarnos. Bueno, esos, y un equipo de abueletes, tan viejecitos y despistados que ni ellos mismos sabían cómo habían acabado apuntados en la lista. Y como suele pasar con estas cosas, fue el equipo que salió elegido en el sorteo.
De nada sirvieron las quejas de los gobernantes, las manifestaciones por todo el mundo o las amenazas. Los marcianos fueron tajantes: el sorteo fue justo, los abuelos jugarían el partido, y su única ventaja sería poder elegir dónde y cuándo.
Todos odiaban a aquellos abuelos viejos, despistados y entrometidos, y nadie quiso prepararlos ni entrenar con ellos. Solo sus nietos disculpaban su error y los seguían queriendo y acompañando, así que su único entrenamiento consistió en reunirse en corro con ellos para escuchar una y otra vez sus viejas historias y aventuras. Después de todo, aquellas historias les encantaban a los chicos, aunque les parecía imposible que fueran verdad viendo lo arrugados y débiles que estaban sus abuelos.
Solo cuando los marcianos vinieron a acordar el sitio y el lugar, el pequeño Pablo, el nieto de uno de ellos, tuvo una idea:
- Jugaremos en Maracaná. Mi abuelo siempre habla de ese estadio. Y lo haremos en 1960.
- ¿En 1960? ¡Pero eso fue hace más de 50 años! - replicaron los marcianos.
- ¿Vais a invadir la tierra y no tenéis máquinas del tiempo?
- ¡Claro que las tenemos! - dijeron ofendidos. - Mañana mismo haremos el viaje en el tiempo y se jugará el partido. Y todos podrán verlo por televisión.
Al día siguiente se reunieron los equipos en Maracaná. A la máquina del tiempo subieron los fuertes y poderosos marcianos, y un grupito de torpes ancianos. Pero según pasaban los años hacia atrás, los marcianos se hacían pequeños y débiles, volviéndose niños, mientras a los abuelos les crecía el pelo, perdían las arrugas, y se volvían jóvenes y fuertes. Ahora sí se les veía totalmente capaces de hacer todas las hazañas que contaban a sus nietos en sus historias de abueletes.
Por supuesto, aquellos abuelos sabios con sus antiguos y fuertes cuerpos dieron una gran exhibición y aplastaron al grupo de niños marcianos sin dificultad, entre los aplausos y vítores del público. Cuando volvieron al presente, recuperaron su aspecto arrugado, despistado y torpe, pero nadie se burló de ellos, ni los llamó viejos. En vez de eso los trataron como auténticos héroes. Y muchos se juntaban cada día para escuchar sus historias porque todos, hasta los más burlones, sabían que incluso el viejecito más arrugado había sido capaz de las mejores hazañas.
Las Olimpiadas de Videojuegos Mágicos
Cuento
En Brujitolandia andaban muy preocupados. Los pequeños brujos y brujas estaban tan emocionados con la última ola de videojuegos, consolas y apps, que apenas atendían a sus clases de magia, y cada vez les importaban menos los conjuros y hechizos. Solo les preocupaba llegar a ser los mejores en sus juegos favoritos.
- Nadie lanza pájaros como yo -decían algunos.
- Soy el más grande jugando al fútbol - presumían otros.
Malbrujo, el director de la escuela, tuvo una idea:
- Al final del curso celebraremos las primeras Olimpiadas de Videojuegos Mágicos ¡Será un gran acontecimiento! Los alumnos podrán elegir entre hacer los exámenes o demostrar lo que saben hacer con los videojuegos.
Brujitos y brujitas se entusiasmaron ¡por fin alguien les entendía en la escuela! Por supuesto, casi todos se apuntaron a sus videojuegos favoritos y dejaron los estudios para entrenar durante semanas. Llegado el día de la inauguración de los juegos, el Estadio de los Grandes Hechizos estaba a rebosar.
- ¡Comenzaremos con el juego con más participantes apuntados: Angry Birds! ¡Venga, a lanzar pájaros!
Decenas de brujitos y brujitas gritaron de alegría, pero… allí no había ninguna pantalla, ni consola, ni smartphone. Justo cuando se preguntaban cómo jugarían, el mágico estadio se transformó.. ¡en un nivel del famoso juego! Un gran tirachinas en el centro, algunas construcciones, varios cerditos verdes y pájaros de colores volando por aquí y por allá. Todos los concursantes eran expertos en el juego y sabían que tenían que atrapar un pájaro, colocarlo en el tirachinas y lanzarlo para derribar las construcciones y aplastar a los cerditos. Pero una cosa era ser un experto en el juego, y otra cosa hacerlo de verdad: los pájaros, que sabían que serían espanzurrados contra las paredes, no se dejaban atrapar y, cuando eran lanzados desde el tirachinas, volaban hábilmente para esquivar las construcciones; los cerditos no paraban quietos, el enorme tirachinas apenas se podía apuntar, y las construcciones… bueno, digamos que caían tan fácilmente porque eran de cartón, así que daba igual lo fuerte que cayeran sobre los cerditos, porque no les hacían ni cosquillas.
El público pasó un rato divertidísimo viendo cómo los expertos jugadores se las veían con el videojuego. Finalmente, ganó una brujita cuyo pájaro perdió el pico de tanto reírse. El pico cayó desde lo alto y pinchó con fuerza en el trasero a un cerdo. El cerdo, que estaba contando un secreto a un compañero en la oreja, pegó tal grito que al compañero se le paró el corazón del susto. Y, si no se lo llegan a llevar corriendo a la enfermería, se les habría muerto allí mismo.
El resto de viedojuegos no salieron mejor. Los de fútbol y otros deportes demostraron que muchos capaces de rematar con una espectacular chilena tocando un botón eran incapaces de rematar un balón… ¡100 veces más grande que un botón! Lo único que consiguieron fue llenarse la espalda de moratones, de los golpes que se dieron intentándolo. Hasta los de ametralladoras y disparos tuvieron que ser suspendidos nada más repartir las armas, después de que un brujito apretara el gatillo y la fuerza del arma le hiciera dar vueltas como una peonza sin poder dejar de disparar… Por suerte, un muro antibalas de emergencia pudo salvar la vida de los espectadores, pero los pies de algunos concursantes acabaron con más agujeros que un queso francés…
Así, la mayoría de los participante en las olimpiadas de videojuegos sintió tanta vergüenza de no haber sabido hacer nada, que cuando terminaron tenían claro que dominar un juego no era lo mismo que saber hacer algo real, y aceptaron sin protestar sus malísimas notas de aquel curso. Eso sí, al año siguiente volvieron a prestar atención a sus clases y enseñanzas, y ya no gastaban horas y horas frente a los videojuegos para ser los mejores en nada,sino que los utilizaban únicamente para entretenerse un rato.
Furmiga, el fútbol de las hormigas
Cuento
Por aquellos días, el gran árbol hueco estaba rebosante de actividad. Se celebraba el campeonato del mundo de furmiga, el fútbol de las hormigas, y habían llegado hormigas de todos los tipos desde todos los rincones del mundo. Allí estaban los equipos de las hormigas rojas, las negras, las hormigas aladas, las termitas... e incluso unas extrañas y variopintas hormigas locas; y a cada equipo le seguía fielmente su afición. Según fueron pasando los partidos, el campeonato ganó en emoción, y las aficiones de los equipos se fueron entregando más y más, hasta que pasó lo que tenía que pasar: en la grada, una hormiga negra llamó "enanas" a unas hormigas rojas, éstas contestaron el insulto con empujones, y en un momento, se armó una gran trifulca de antenas, patas y mandíbulas, que acabó con miles de hormigas en la enfermería y el campeonato suspendido.
Aunque casi siempre había algún problema entre unas hormigas y otras, aquella vez las cosas habían llegado demasiado lejos, así que se organizó una reunión de hormigas sabias. Estas debatieron durante días cómo resolver el problema de una vez para siempre, hasta que finalmente hicieron un comunicado oficial:
"Creemos que el que todas las hormigas de un equipo sean iguales, hace que las demás actúen como si se estuvieran comparando los tipos de hormigas para ver cuál es mejor. Y como sabemos que todas las hormigas son excelentes y no deben compararse, a partir de ahora cada equipo de furmiga estará formado por hormigas de distintos tipos" Aquella decisión levantó un revuelo formidable, pero rápidamente aparecieron nuevos equipos de hormigas mezcladas, y cada hormiga pudo elegir libremente su equipo favorito. Las tensiones, a pesar de lo emocionante, casi desaparecieron, y todas las hormigas comprendieron que se podía disfrutar del deporte sin tensiones ni discusiones.

Popi el alpinista
Cuento
Popi el alpinista era famoso por sus intentos de escalar la gran montaña nevada. Lo había intentado al menos 30 veces, pero siempre había fracasado. Comenzaba la ascensión a buen ritmo, con la vista puesta en la nieve de la cima, pensando en la maravillosa vista y aquel sentimiento de libertad. Pero a medida que las fuerzas le fallaban, bajaba los ojos, y miraba más a menudo sus desgastadas botas, y finalmente, cuando las nubes le rodeaban, y comprendía que ese día no podría disfrutar de la vista, se sentaba a descansar, aliviado, para comenzar el descenso de vuelta la pueblo, pensando en las bromas que tendría que volver a soportar.
Una de aquellas veces subió acompañado por el viejo Chisco, el óptico del pueblo, que fue testigo del fracaso. Fue el propio Chisco quien más animó a Popi para volver a intentarlo, y le regaló unas gafas oscuras especiales; "si comienza a nublarse, ponte estas gafas, y si comienzar a dolerte los pies, póntelas también; son especiales, te ayudarán". Popi aceptó el regalo sin darle importancia, pero cuando volvió a sentir el dolor en los pies, lo recordó se puso las gafas. El dolor era muy molesto, pero a través de los cristales podía seguir viendo la cumbre nevada, así que siguió avanzando. Como casi siempre, la mala suerte volvió a aparecer en forma de nubes, pero esta vez eran tan ligeras que podía seguir viendo la cumbre a través de las nubes.
Así siguió Popi escalando, dejó atrás las nubes, olvidó sus dolores y llegó al fin a la cima. Merecía la pena. Su sensación de triunfo fue incomparable, casi tanto como aquella maravillosa vista, custodiada por el silencio y con la montaña rodeada de un denso mar de nubes. Popi no recordaba que fueran tan espesas; entonces miró las gafas cuidadosamente, y lo comprendió todo: Chisco había grabado una difusa imagen en los cristales con la forma de la cumbre nevada, que sólo podía percibirse al dirigir los ojos hacia arriba. Chisco había comprendido que en cuanto Popi perdía de vista su objetivo, se dejaba llevar y perdía la ilusión por seguir subiendo.
Comprendió entonces que el único obstáculo para llegar a la cima había sido su desánimo, el dejar que la imagen de la montaña desapareciera entre los problemas, y agradeció a Chisco que mediante un engaño le hubiera hecho ver que sus objetivos no eran imposibles, y que nunca se habían movido de su sitio.
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